5 de noviembre de 2009

"Yaqui".


Mi primer perro fue Yaqui, un perro foxterrier blanco que nació poco antes que yo viniera al mundo, me fue regalado por unos compadres de mis padres. Al comienzo le llamé Serrucho, Martillo, nombres que se me venían a la mente, al tun tun como niña chica. A medida que pasaban los años, yo crecía junto a Yaqui, el fue mi primer amigo, el que con un lengüetazo sobre las lágrimas que caían por mi rostro después de una retada negativa merecida, devolvía la sonrisa plena a mi cara sonrojada de tanto llorar. Sentía sus ojos oscuros mirándome y yo sonreía, era mi mayor premio, entonces lo tomaba con mis brazos pequeñitos, lo abrazaba, que exquisito era olerle, si, llenar mi nariz de ese olor a perro transpirado cerrando los ojos para que nunca se me olvidase. Hasta el día de hoy, estando sola, cierro mis ojos y vuelvo a aquellos maravillosos días de infancia. Yaqui siempre fue mi amigo, era un poco mayor que yo, celebrábamos los cumpleaños casi juntos, aprendió a andar a mi lado desde cachorrito, solo con su collar, en ese tiempo no habían las correas para tirarlo, a lo mas se amarraba con un cordel, era tan inteligente que sabía a la hora que comenzaba el día, la hora en que yo me iba al colegio a tomar la micro, y cuando me bajaba de esta, el primero en bajarse era el, sabía como subirse camuflado al bus para que el chofer no lo echara para abajo, se iba directo bajo el primer asiento. Habían veces en que yo solo me daba cuenta cuando se bajaba, y cuando lo hacía antes de subir, lo tomaba en brazo y me devolvía una y otra vez a dejarlo a casa, era un balazo para arrancarse y seguirme. Las veces que lograba hacer leso al chofer, me seguía hasta el colegio, ahí era otro tiempo mas en que yo entrara al colegio, cerraban la puerta cuando de repente en clases la profesora preguntaba, en la puerta hay un perrito, y con tono un poco irónico decía ¿a quién busca?...y yo entre orgullosa y con vergüenza, me levantaba del asiento, volvía a tomarlo en brazo para ir a dejarlo a la puerta de calle. Ahí Don Melitón, el portero de la escuela, siempre se reía y me decía...otra vez. Lo echaba para la calle, pero Yaqui buscaba la reja de fierro para meterse entre los barrotes y volver de nuevo a la sala de clases. Ya cuando veía que el cuidador se estaba aburriendo con el show, colocando mi cara inocente lo convencía para que me lo tuviera en su salita hasta que tocaran la campana. ¡Que rabias me hacía pasar!...uyuyuuui, pero yo lo amaba, era mi amigo. A nadie más que a mí le sucedía que un perro me acompañara al colegio. Lo más exquisito era cuando tocaban la campana, agarraba mi bolsón de cuero, sobre el delantal cuadrillé me lo cruzaba a mi cuerpo, salía corriendo despavorida a la puerta del colegio donde mi fiel amigo y compañero me esperaba. Le hacía cariño y le decía, vamos Yaqui, a patita pa’ la casa. Y el, movía su cola, se ponía a mí lado y partíamos uno junto al otro, a veces corriendo, otras caminando, tirándole piedras que me traía o tocábamos el timbre de alguna casa y arrancábamos. Lo mas divertido era cuando llegábamos a casa, nos habría la puerta mi madre, que se asombraba de verlo, y éste, decía, con razón los chiquillos no lo encontraron. Yaqui se iba directo al patio donde lo esperaba su casita.

Cuando llegaba la época de irnos a veranear por la colonia donde mi padre trabajaba, Yaqui era el primero en subirse al camión que nos transportaría al bosque de Ventanas. Siempre fue con nosotros, era un patiperro, hasta ayudaba a armar el campamento. Por las mañanas temprano nos levantábamos, tomábamos desayuno y nos íbamos junto a mis padres y hermanos a caminar por la orilla de la playa, aquella playa que yace plena y pura en las imágenes de mis recuerdos, hoy transformada en una mugre por dar paso al progreso económico de nuestro país. Yo llevaba mi balde para llenarlo de conchitas que tiraba el mar, y Yaqui siempre corriendo de un lado para otro. Mi perro era feliz con nosotros. Hubo veces en que se perdía de nuestro rumbo por quedarse jugando con algún otro, pero siempre llegaba en donde estábamos. Era el perro más pocero para tomarse fotos. Las fotos en blanco y negro son originales de época.
Desde siempre tuve este amor por los perros. Yaqui me acompañaba a bañarme en el mar, quedaba estilando entre ladrido y ladrido para que me saliera, luego se iba a la arena y se sacudía sin importarle quién estuviera a su lado. Menos mal que había bastante espacio en esa tiempo para acostarse guatita al sol de lo contrario nos hubieran tapado a garabato limpio, mientras a Yaqui con mis hermanos lo cubríamos con arena, dejándole solo su cabecita afuera, y le gustaba tanto que lo hiciéramos que ni siquiera se movía.
Siempre estuvo sano, y eso que solo se le ponía la vacuna antirrábica, además se alimentaba de las “sobras” que dejaba mi madre de nuestra comida, Yaqui comía de todo, y nunca estuvo enfermo.
Llegaba el tiempo de volver a Santiago. Aquí era cuando comenzaron mis problemas. Se valía tan bien solo fuera de casa, “callejeando”, que a primera hora cuando mi padre se iba al trabajo no se daba cuenta que se le escapaba el perro, Yaqui desaparecía sin saber donde estuviera. En ese tiempo los martes y viernes pasaba el “maldito camión de la perrera municipal”, eran horribles aquellos días para mí, cuando les tocaba pasar y Yaqui sin saber de su existencia, se arrancaba a recorrer las calles. Entonces me iba hacia la calle a buscarlo justo donde el asqueroso camión se detenía yo con mis ojos super abiertos, lo buscaba entre tantos perros “vagos” que cazaban por medio de redes hombres con sus mamelucos azules o plomos hediondos a excrementos y basuras. Como niña chica que era, les gritaba que los soltaran que ahí estaba mi perro, como gritaría que hasta me daban permiso para que lo buscara dentro del camión, pobre que se me arrancara algún perro por casualidad me decían, luego de asegurarme que no estaba, me iba con la cabeza gacha preocupada por no haberlo encontrado, al llegar y abrir la puerta de mi casa Yaqui salía a encontrarme moviendo su cola, ahí lo retaba castigándolo dentro de su casa y sin contacto. Al patio.

Aquellos recuerdos del camión de la perrera municipal, nunca los he podido sacar de mi mente, cada vez que un perro se perdía en el sector era señal que el camión lo había atrapado, ahí si el dueño consideraba que su perro era importante, iba en su busca y si lo alcanzaba lo traía de vuelta, de lo contrario los propios vecinos echaban a los perros para la calle en el momento que pasaba tan magno vehículo para que se llevaran a sus mascotas, sin importarle el dolor que ello causase. Rara vez volvía a ver a los perros de los vecinos. Y al preguntarle a ellos por su perro, era tan “normal” que me respondieran, se lo llevó la perrera. Supieran la rabia que me daba, y a pesar de ser tan niña, yo sabía que hacían mal, y sentía que yo debía hacer justicia por aquellos perros inocentes que entregaban a la perrera, sencillamente no saludaba mas a los vecinos que traicionaban a sus perros. Y créanme que a varios de ellos nunca mas volví a saludar, pero levantaba mi frente y los miraba como recriminando lo que habían hecho, y eso que era “normal” tirar a los perros para que el camión de la perrera se lo llevara.

Íbamos a cumplir con Yaquí casi doce años. Un día llego a casa de vuelta de la escuela, abro la puerta, me pareció extraño que no saliera a encontrarme, le pregunto a mi madre por Yaqui, y me responde que se había arrancado en la mañana y aún no había vuelto. Tomaba once y me iba a recorrer todas las calles del sector por donde se suponía que el estuviera, a veces lo encontraba y lo llevaba de vuelta, pero hubo una vez que por mas que recorrí las calles una y otra vez, mi Yaqui nunca mas volvió. No hubo noche que no llorara por no encontrarlo, nunca perdí la esperanza de hallarlo, todos los días llegaba del colegio y me iba en su busca.

Esta es la historia de mi Yaqui, la primera mascota que tengo en mi vida llena de recuerdos. Pasaron los meses quedándome con la idea que se perdió o el dolor mas grande que se lo llevó la perrera. Fue ahí cuando mi madre al ver que mi pena no decaía, trajo otro perro a nuestro hogar.

Pasaron los años, yo crecí y un día conversando con uno de mis hermanos, sin querer se le sale que Yaqui había sido atropellado…¿Cómo que atropellado?...le grité y me cuenta su historia: yo me había ido a la escuela, alguien abrió la puerta y Yaqui salió vuelto loco en mi busca. Al poco rato vino un vecino avisar que a mi perro lo había atropellado una micro. Jaime, mi hermano mayor que estaba en casa salió corriendo a buscarlo…las lágrimas están cayendo sobre mis mejillas…al rato llega de vuelta con mi Yaqui muerto, en brazos, totalmente ensangrentada su ropa. Yaqui fue enterrado antes que yo llegara. Al preguntarle a mi madre por que me lo ocultó, respondió que había sido lo mejor para que yo no sufriera tanto como lo quería. No juzgo la decisión. Una madre no se juzga.

Solo se que ese perro que amé con todas mis fuerzas inocente en la infancia, marcó mi vida para toda la vida, entregarme sin condiciones a los perros, por que de ellos he aprendido a aceptar a las personas como son, aprendí la paciencia, la fidelidad, la lealtad, a entregarme, a confiar…aprendí a amar a los perros.

Esta es la historia de un perro como cualquiera que le encantaba salir a recorrer las calles, es el típico "perro callejero", un perro que siempre tuvo dueño, un perro inteligente que se las arreglaba cada día para salir a sus aventuras, y luego volver a su hogar donde lo esperaban y era bien recibido, a pesar de llegar con un olor fétido en su cuerpo revolcado en el escremento de caballo o perro muerto, que murió bajo las ruedas de un bus. La vida nos enseña a través de pruebas o experiencias a ser mejores personas, mejores humanos. Nunca mas un perro mío ha salido a la calle sin su collar, ni su correa.

Quise contarles la historia de mi Yaqui, y la repugnancia que siento ante el camión de la perrera. El tiempo ha pasado y no en vano, intento educar sobre tenencia responsable de mascotas para que no hayan mas Yaquis muertos atropellados. Durante años salí de madrugada a recorrer las calles de mi comuna cuando alguien me avisaba que andaba un camión municipal sospechoso en tal calle, y créanme que si esto vuelve a suceder me tendrán de nuevo en las calles, tenga la edad que tenga.


"¡Cuán pocos son los que piensan justamente
sobre los pocos que piensan!
¡Y cuántos que creen pensar y...
no piensan nunca!"




NO MAS PERROS ABANDONADOS

Marcela Opazo
losperrosdelcamino


"Un perro no tiene por que andar en la calle solo, debe salir a pasear tirado de una correa de la mano de su dueño, de lo contrario se convierte en un perro callejero." No dejes que tu perro se convierta irresponsablemente en un perro callejero."

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Soy Rayo Boy, un pointer braco, me gusta mucho correr, conoce mi historia, es de un principe.La señora que escribe en esta página se enamoró de mí, y hoy duermo en su sofá en medio del living. Hoy pertenezco a una familia hermosa, tengo un collar con mi identificación y todo lo que necesito. Fui un perro abandonado en el camino, tracionado, pero gracias a esta página, estoy rehabilitado, y muy feliz.

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Gracias a mi linda familia, a mi esposo, a Dany y Marce, creo que sin ellos, yo no podría estar todo lo que he estado en estos años.
Gracias también a mis padres, ya que ellos fueron quienes me enseñaron a querer a los perros especialmente.
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Marcela

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