Un día subiendo por el camino, miro hacia la berma, un nudo se me hace en la garganta, mis ojos se humedecen de impotencia, detengo mi auto, me bajo y cruzo hacia la izquierda con la sola intención de tomarlo. Ahí estaba él, en sus tiempos debió haber sido un hermoso poodle negro, intento tomarlo, se me escabulle, vuelvo a intentarlo y lo agarro, lo tomo en brazos, lo apreto contra mí y lloro...sí, y qué?...lloré como tantas veces lo he hecho por un perro, y orgullosa lo digo, porque he sentido en mi propia piel su sufrimiento.

Bajé alimento, le dí de comer haciéndole cariño en su cabecita toda llena de motas, hierbas, basuras y le prometí que un día yo iría por el para entregarlo a un amo verdadero que realmente lo amara, ya que yo no podía traerlo conmigo. Y ahí lo dejé con el dolor de mi alma, pensando en volver, y volver para que no le faltara alimento por lo menos, quizás así sin querer...con el tiempo me lo habría traido. Como muchos saben el gran amor que les profeso a la raza caniche, porque considero que no están aptos para valerse por si solos en ninguna parte. De una u otra manera, a la larga, mueren.
Con el correr de las semanas, le tomé fotos, lo subí a internet, para darlo en adopción, sin obtener ningún resultado. Me comprometía a llevarlo a la peluquería, a ir a dejarlo, pero nada ocurrió. Hasta que un día alguien que me ve siempre recorriendo el camino, puso en frente mío a una señora llamada Carmen Luz, me pareció que ya nos conocíamos y luego conversando de perros, me dijo que su sueño era tener un poodle, pues que me han dicho...le comenté que en el camino había un poodle bellísimo, pero estaba flaco, sucio y abandonado. Ella mirándome a los ojos me dijo: Yo lo quiero. No cabía en sí de alegría, ahora lo importante era encontrarlo. Recorrí el camino sube y baja, hasta que dí con el. Lo llevé a su casa, lo puse en sus brazos comprometiéndome si el necesitaba algo me lo dijera si estaba en mí hacerlo.
Cada vez que lo veía, lo saludaba, le hacía cariños y lo besaba, luego haciéndome la enojada lo echaba para dentro de su casa, aun no se le quitaba las ganas de salir al camino al son de mi llamado que todos los perros conocen, y continuaba mi rumbo. Entonces supe cual era su nombre: Carmen le puso "Marcelo". Hermoso nombre, le dije...y me largué a reir.
De esto ya hacen casi dos años, hasta el sábado pasado, pasé a saludarlo, lo llamo y no sale. Le pregunto a mi amiga, y ésta, con mucha pena me dice: a Marcelo, lo atropellaron en la curva. Nunca se le quitó salir a recorrer el camino.
Me dió mucha pena saber que mi "Marcelo" había fallecido de igual manera que muchos mas, atropellado por alguien que tal vez sin querer no lo vió o no lo quiso ver...solo se que hoy donde quiera que "Marcelo" esté, va a estar mejor que aquí...déjenme soñar, es tan fácil hacerlo y es lo único gratis que va quedando en este mundo donde impera la ley del mas fuerte en contra del mas débil.
Eternamente agradecida contigo, Cármen, por haberme dado la alegría inmensa de haber recuperado a "Marcelo", y muy orgullosa que le hayas puesto ese nombre en honor a mí.
Esta es la última foto que le tomé.
Hoy "Marcelo", mi negro lindo, seguirá estando en mis recuerdos como una luz mas de los que alumbran mi camino.
Marcela Opazo
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Hoy es una noche especial, es el último día del año 2022, un año que ha
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